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lunes, 31 de diciembre de 2012

Capitán Carlos de Haya (1902-1938)

Muere en los cielos de Teruel este joven y polifacético as de la Aviación nacional, cuñado del también piloto Joaquín García Morato y héroe en el aire durante la resistencia del santuario de Santa María de la Cabeza

Carlos de Haya y González de Urbieta nace en Bilbao el 1 de marzo de 1902. A los 16 años ingresa en la Academia de Intendencia de Ávila, donde permanecerá tres años. En 1921 se gradúa como segundo de su promoción y obtiene el grado de alférez. Sin embargo, no es hasta 1925 cuando descubre su verdadera vocación, la aeronáutica, tras ser elegido para realizar el curso de piloto de la Escuela Civil de Albacete. En septiembre de ese año prosigue su formación en Cuatro Vientos, ya como miembro de la 27ª promoción de Pilotos Militares.

En febrero de 1926 le asignan como primer destino Melilla. Allí se une a un grupo de pilotos de gran valía y apasionados por todo lo relacionado con la aeronáutica, como Joaquín García Morato, Pedro Tauler o Alvaro García Ogara. Con todos ellos mantendrá una gran amistad que durará hasta el final de su vida. Entre julio y agosto de 1926, Haya recibe formación como piloto de hidroaviones en Los Alcázares, tras lo cual regresa a Melilla, donde compagina su labor con cursos de paracaidismo, telegrafista y mecánico de aviación.

Además de su dedicación a la aeronáutica, Haya cultiva la pintura, aprende inglés y francés y asiste con frecuencia a conciertos de música clásica, a la que se aficiona rápidamente. Durante la década de los 30 inventa un instrumento, el integral de vuelo, diseñado para el pilotaje sin visibilidad. Poco antes del estallido de la Guerra Civil, Julio Ruiz de Alda le invita a seguir su ejemplo, abandonando la Aviación para dedicarse a la política. Sin embargo, Haya le responde: "Mi afición a todo lo aeronáutico es tanta que jamás dejaría esta profesión".

El pronunciamiento del 18 de julio sorprende a Carlos de Haya en Málaga. Su esposa, hermana del también piloto Joaquín García Morato, es encarcelada -finalmente será canjeada por el escritor Arthur Koestler-, pero él consigue llegar a Sevilla, en cuya base estaba destinado. Con un avión DC-2 que había sido capturado en Tablada, participa en el Convoy de la Victoria, arrojando media docena de bombas sobre el destructor Alcalá Galiano, que a su vez pretendía atacar al convoy nacional. La misión fracasa, ya que ninguno de los proyectiles alcanza el buque republicano.

Durante los primeros meses del conflicto, Haya se vincula al Puente Aéreo del Estrecho y simultanea esta tarea con bombardeos nocturnos y la jefatura de operaciones de la Aviación del Sur. Poco después, se convierte en el piloto de confianza de Franco y se le asigna un avión de pasajeros. Es en esta época cuando realiza su labor más importante: la del abastecimiento del santuario de Santa María de la Cabeza, ocupado por soldados nacionales en territorio republicano.

Situado en un paraje aislado, el Santuario había quedado a merced del asedio de las tropas republicanas a mediados de agosto de 1936, con apenas provisiones suficientes para que los soldados nacionales que lo defendían subsistieran un mes. Las expectativas de una liberación rápida, depositadas en la ayuda de la Guardia Civil de la Comandancia de Jaén, pronto se diluyen debido al recrudecimiento de la Guerra. Es necesario abastecer por vía aérea a los soldados nacionales apostados en el Santuario, y en octubre de 1936 Haya se ofrece voluntario para la misión.

Nada más comenzar, se topa con el problema del tamaño de su avión, inadecuado para un envío de esas características. A Haya se le ocurre la idea de reemplazar la puerta por una rampa de aluminio por la que los sacos de vituallas cayeran más fácilmente. El primer servicio sobre el Santuario lo realiza el 9 de octubre, lanzando 682 kilos de víveres sobre los asediados. La succión aerodinámica supera el peso de los sacos y provoca que se dispersen sobre una gran superficie.

En este primer vuelo, Haya observa que una parte de los soldados del Santuario se encuentran apostados en Lugar Nuevo. Los dos asentamientos están alejados entre sí 3 kilómetros. El piloto calcula con bastante exactitud la existencia de dos grupos de 800 y 500 soldados, respectivamente. De este modo, en los envíos posteriores divide los suministros entre estas dos áreas y utiliza, con mejores resultados que la rampa, los tubos lanzabombas para arrojar los sacos.

En octubre de 1936, la batalla por Madrid provoca la paralización del abastecimiento del Santuario, pero no así los ataques republicanos al monasterio, que se reanudan con intensidad el 2 de noviembre. Diez días después, Haya aprovecha un viaje rápido a Sevilla con su DC-2 para arrojar provisiones durante un vuelo nocturno. Pese a su situación privilegiada como piloto personal de Franco, arde en deseos de participar en la Guerra y convierte el abastecimiento de los soldados del Santuario en su cruzada personal.

Cuando concluye el ataque a Madrid, vuelve a la tarea del suministro del monasterio. Durante diciembre y enero se suspenden varias misiones debido al mal tiempo, pero en una de esas ocasiones Haya ignora las órdenes de paralizar los vuelos y consigue hacer llegar a los soldados una parte de los víveres. Sus planificados viajes al Santuario son siempre a distintas horas y, sobre todo, en los días nublados. A partir de febrero, se ve obligado a realizar sus servicios durante la noche, debido a que los cazas republicanos hacen aparición en la zona.

Cuando en febrero de 1937 las tropas nacionales toman Málaga, la situación personal de Haya da un giro dramático, al descubrir que el Ejército republicano se ha llevado a su esposa como rehén y que uno de sus hijos gemelos está gravemente enfermo. Pese a todo, continúa encargándose del suministro del Santuario, y en marzo organiza la primera escuadrilla nocturna de aviones Ju-52, con la que efectúa numerosas misiones de éxito en primavera y verano. El 1 de mayo, los supervivientes que aún defendían el Santuario, acuciados por las penurias y el hambre, se ven obligados a rendirse a las tropas republicanas.

Durante el segundo semestre de 1937, Haya abandona la escuadrilla y se integra en el grupo de caza italiano As de bastos. En febrero de 1938 fallece su madre y viaja a Bilbao para asistir a su funeral. Allí se entera del inicio de la ofensiva republicana sobre Teruel y decide acudir al frente, viajando toda la noche en tren.

El 21 de febrero de 1938, Haya despega en un Fiat para participar en una batalla aérea sobre Escandón (Teruel). Durante el combate, realiza una ofensiva en solitario contra un avión republicano que amenazaba a uno de sus compañeros. Agotado por el cansancio, se aproxima demasiado a la cola de su adversario, aunque en el último momento lo rebasa, evitando la colisión. Sin embargo, el piloto republicano le ametralla desde muy poca distancia y Haya muere al estrellarse. Tras su fallecimiento, es condecorado a título postumo con la Laureada de San Femando y la Medalla Militar.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Anthony Eden (1897-1977)

Tras defender el Acuerdo de No Intervención, el futuro 'premier' británico abandona su cargo al frente del Foreign Office por su disconformidad con la política moderadora de su país respecto a Italia y Alemania

Entre los políticos europeos que tienen un papel importante en la política de no intervención, resulta curiosa, cuanto menos, la actitud de su principal defensor, Anthony Eden. El secretario de Asuntos Exteriores británico se muestra en contra de la política de apaciguamiento mantenida por el Gobierno inglés respecto a Alemania e Italia, pero también se opone firmemente a que las llamadas democracias occidentales ayuden a la República española.

En el momento de estallar la Guerra española, Edén es jefe del Foreign Office, el Ministerio de Exteriores británico. Presiona a Francia para evitar que intervenga a favor de la República. El historiador Ángel Viñas asegura que en estos primeros lances de la Guerra prefiere, en el fondo, una victoria nacional a una "comunista", aunque su obsesión por mantener a los gobiernos occidentales al margen del conflicto acabe provocando un giro de los republicanos hacia la única potencia que les ayudaba: la Unión Soviética.

Edén es uno de los impulsores del Acuerdo de No Intervención, y junto al presidente del Comité, el conservador Lord Plymouth, se opone a sancionar a Italia y Alemania, que sí intervienen desde el primer momento en la Guerra al lado de Franco. Edén llega a argumentar que hay un país más culpable que Alemania e Italia en la vulneración de los acuerdos, aludiendo a la Unión Soviética.

A pesar de que sus decisiones perjudican principalmente a la República, Anthony Eden se guía al tomarlas por un principio de neutralidad y por la intención de aislar la Guerra española. Cuando en noviembre de 1936 Samuel Hoare, primer Lord del Almirantazgo, proyecta conceder derechos de beligerancia al bando nacional, Edén se opone, y a duras penas consigue convencer al resto de ministros ingleses de lo erróneo de la idea. En enero del 37 propone que la Armada británica patrulle las costas españolas para impedir que lleguen armas a cualquiera de los dos bandos. El entonces primer ministro inglés, Stanley Baldwin, no apoya sus propuestas. No es éste su único choque con un primer ministro en esa época: sus enfrentamientos con el sucesor de Baldwin, el campeón del apaciguamiento Neville Chamberlain, le llevan a dimitir en 1938, dejando su puesto en manos de Lord Halifax.


Robert Anthony Eden nace en Durham (Reino Unido) en 1897, en una familia de terratenientes. Cursa sus estudios en el elitista colegio de Eton y en Oxford, donde se gradúa en lenguas orientales. Junto al árabe y el persa, llega a dominar el francés, el alemán y el ruso.

Su carrera militar comienza en la Primera Guerra Mundial, durante la cual es distinguido por sus servicios con la concesión de la Military Cross. Cinco años después, en 1923, es elegido miembro del Parlamento por el Partido Conservador. Edén alcanza en tres años el rango de secretario del Parlamento en el Foreign Office, y en 1931 es nombrado vicesecretario del Ministerio, cargo que conserva hasta que en 1934 es designado embajador en la Sociedad de Naciones.

A pesar de su confianza en la nueva organización internacional, Eden es de los primeros en darse cuenta de que la política de apaciguamiento respecto a Italia y Alemania no es el camino para preservar la paz, sino la vía directa hacia un nuevo conflicto armado. En privado se muestra contrario a la política mantenida por quien en 1935 era secretario de Asuntos Exteriores inglés, Samuel Hoare, empeñado en contemporizar con Italia tras la invasión de Abisinia por el Ejército de Mussolini.

Cuando Hoare dimite en 1935, Edén ocupa su puesto con sólo 38 años. Es una época complicada para un secretario de Asuntos Exteriores. A pesar de su oposición a las dictaduras de Hitler y Mussolini, apoya la línea del primer ministro Neville Chamberlain de mantener la paz en Europa haciendo concesiones a Alemania, defiende la política de no intervención en la Guerra Civil española y no protesta cuando Chamberlain tolera la ocupación de Renania por Hitler. Pero el 19 de febrero de 1938 dimite por su desacuerdo con las negociaciones de éste con Italia y se alia con Winston Churchill, jefe de la oposición, en su confrontación con la postura apaciguadora del primer ministro.

Al empezar la Segunda Guerra Mundial, Eden vuelve al Gobierno de Chamberlain, esta vez como secretario de Estado para las Colonias, un cargo secundario en ese momento. Pero cuando Winston Churchill es elegido primer ministro en 1940, nombra a Anthony Eden ministro de Guerra. A pesar de ser uno de sus colaboradores más cercanos, la forma personalista con la que Churchill dirige la Guerra relega a Edén al papel de lugarteniente del primer ministro.

Concluida la Guerra Mundial, y con los conservadores en la oposición, todo hace pensar que Eden, que entre 1942 y 1945 también ha sido presidente de la Cámara de los Comunes, se convertirá en el sucesor de Churchill, pero éste seguirá al frente del Partido Conservador. En 1951, su partido vuelve al poder y Edén es designado secretario de Asuntos Exteriores por tercera vez en su carrera. En esta ocasión sí tiene oportunidad de ejercer todas sus funciones, en un momento tan importante como el comienzo de la Guerra Fría. Pero aunque su gestión es afortunada, no consigue que Gran Bretaña recupere el poder que había tenido antes de la Guerra. En esta época, su relación personal con Churchill se estrecha al casarse con una sobrina suya, pero también sufre una enfermedad de la vesícula que minará su carácter para el resto de su vida.

En 1955, con la retirada de Churchill, Eden ve cumplido su sueño de alcanzar el cargo de primer ministro. Todo augura el inicio de un periodo de éxitos; a su experiencia política se une la fama que atesora desde los años 30 y el carisma de que disfruta entre la población. Pero Eden nunca llega a tener una agenda política clara, y su escaso conocimiento de temas como los económicos le lleva a delegar continuamente en sus ministros y a centrarse en la política exterior, en estrecha alianza con los Estados Unidos.

En 1956, Eden intenta impedir la nacionalización del Canal de Suez por parte del presidente egipcio Nasser enviando tropas británicas, acompañadas de las de Israel y Francia, a invadir la zona del Canal. La maniobra propicia una enorme protesta internacional y Eden está a punto de provocar un conflicto entre Estados Unidos y la URSS. El presidente Eisenhower exige a Eden que retire sus tropas inmediatamente y éste decide la retirada sin consultar previamente con Francia.

La bofetada del amigo americano arruina la reputación de Eden como estadista. Su secretario de Asuntos Exteriores, Harold MacMillan, le sucede en el cargo de primer ministro cuando Eden dimite en 1957. Decide entonces retirarse de la política para vivir con su segunda mujer en Wiltshire y escribir sus memorias políticas. Edén recibe el título de conde de Avon en 1961 y fallece en Salisbury en 1977.

sábado, 29 de diciembre de 2012

José Monasterio (1882-1952)

Como jefe de la División de Caballería del Ejército nacional protagoniza en Teruel un considerable éxito, y tras la Guerra forma parte del grupo de generales que piden a Franco el regreso de la Monarquía

La Batalla del Alfambra, disputada en vísperas de la recuperación de Teruel por parte de los nacionales, tiene como protagonista a la 1ª División de Caballería, y por extensión a su jefe, el general mallorquín José Monasterio Ituarte.

El Ejército nacional salido de la sublevación de julio de 1936, formado por varios tipos de divisiones, cuenta tan sólo con dos de Caballería. Lo cierto es que en tiempos de consolidación de la guerra mecanizada, el arma de caballería tiende a desaparecer o aparece relegada a funciones auxiliares. Pero la guerra de circunstancias que es la española brinda a la caballería una última oportunidad de demostrar sus cualidades. En ese sentido, la Batalla del Alfambra ha sido tradicionalmente considerada la última carga de Caballería de la historia desarrollada con éxito en Europa, y José Monasterio su principal artífice.

Monasterio, nacido en Mallorca en 1882, dedica toda su vida a la carrera militar, alcanzando el grado de coronel del arma de Caballería. Durante la Segunda República desempeña el cargo de ayudante del ministro de la Guerra durante el mandato del líder de la CEDA, José María Gil Robles, entre mayo y diciembre de 1935.

En el momento de producirse la sublevación, Monasterio se encuentra destinado en Zaragoza, plaza dependiente de la V División Orgánica encabezada por el general Miguel Cabanellas, adherido al alzamiento. El propio Monasterio participa en el movimiento insurreccional.

Ascendido por Franco a general de brigada como número uno de su escala en enero de 1937, Monasterio se hace cargo de la 1a División de Caballería, creada al comienzo de la contienda. Con sede en Salamanca, su objeto es participar en acciones militares de carácter defensivo. Sin embargo, sus fuerzas están disgregadas por toda la Península.

Antonio Gascón Ricao, en un artículo publicado en la revista Historia y Vida, describe con absoluta precisión los cambios que se produjeron en el cuerpo que dirigía Monasterio a mediados de diciembre de 1937 y cuyo objetivo no era otro que reunir todas las fuerzas con el fin de responder al ataque republicano que se había producido en Teruel: "Franco reunió dichas fuerzas en la denominada 1ª División de Caballería, asignándosele la misión, junto con otras unidades convencionales, de vigilancia sobre el Alto Tajo. La creación de aquella nueva unidad obedeció pues a su prevista actuación encaminada a la protección de los flancos de las columnas que avanzaban sobre el cercado Madrid. Pero el ataque republicano a Teruel, a finales de 1937, varía aquellos planes nacionales, y por ello dicha unidad recibió la orden de traslado a aquel nuevo y distinto teatro de operaciones".

La ofensiva sobre Teruel comienza el 17 de enero de 1938 en la zona comprendida entre Bueña, Singra y Sierra Palomera. Los ejércitos republicano y nacional se enfrentan en violentos combates. Sin embargo, la descoordinación que reina en las filas republicanas hace que los nacionales puedan avanzar hacia el sur de la zona y controlar así el curso del río Alfambra. Desde finales de enero hasta principios de febrero, las fuerzas nacionales se van desplegando en torno al cauce del río y las inmediaciones de Teruel.

Sin embargo, no será hasta el 5 de febrero cuando entre en juego el despliegue de la 1ª División de Caballería, que jugará un importante papel durante las dos jornadas siguientes, como recoge Antonio Gascón: "El día 7 se dio a la Caballería la orden de reconocer el llano existente entre Sierra Palomera y la carretera de Zaragoza. En cumplimiento de la misión, su tercer escuadrón de Numancia se aproximó al pueblo de Singra, en la retaguardia nacional. El resto del Regimiento atravesó la sierra por el túnel de Aguatón y tras reconocer una zona de 10 kilómetros de profundidad, cooperó con cuatro batallones de la 5ª División cogiendo de revés un campo atrincherado enemigo. Con ello no solamente quedaba abierto un amplio corredor para la actuación del resto de la División de Caballería, sino que quedaba suprimido cualquier posible peligro sobre su ala derecha".

Tras una serie de cambios en la alineación de sus filas, Monasterio es consciente de que el avance que ha realizado supone desbordar la resistencia republicana, ya que la Caballería iba directamente hacia su retaguardia, impidiendo de tal manera la vía de retirada prevista por los contrarios. Al día siguiente, en la localidad de Perales de Alfambra, coinciden las tropas de Aranda, las de Yagüe y la de Caballería, en lo que se considera el final de la Batalla del Alfambra. La División de Caballería va a ser la protagonista los días posteriores, ya que sobre ella recae la misión de limpiar la zona recién ocupada.

Tras realizar su trabajo, la División volverá a convertirse en la fuerza de enlace entre las acciones que se producen tanto al norte como al sur del Ebro.

Meses antes, en vísperas de la unificación de Falange con los tradicionalistas, Monasterio es designado jefe de las milicias del partido con el propósito de militarizarlas. Como tal asiste a la unificación en abril de 1937, que le cuesta un proceso sumario a Manuel Hedilla, jefe nacional de Falange hasta la fecha. Dionisio Ridruejo recuerda en su libro Casi unas memorias que acudió entonces a Monasterio solicitando su protección, ante los rumores de que, después de a Hedilla, Franco también pretendía detenerle a él junto a otros compañeros de Falange reticentes respecto a la unificación: "De Valladolid me trasladé a la finca que en las proximidades de Ávila ocupaba el general Monasterio (...). El general me recibió bien y se apresuró a marchar a Salamanca para solucionar mi asunto. Pasé unas largas horas en aquella casa confortable y a la noche estaba ya en Salamanca de nuevo. La orden de detención, si llegó a existir, se había revocado". En octubre de 1937, Monasterio será nombrado -al igual que el propio Ridruejo- consejero nacional de FET y de las JONS.

Tras la Guerra, José Monasterio forma parte del grupo de militares que se plantea la conveniencia de reinstaurar la monarquía en la persona de don Juan. En septiembre de 1943, el general Varela entrega a Franco una carta firmada por varios mandos militares, Monasterio entre ellos, en la que se presentan como "unos compañeros de armas que vienen a exponer su inquietud y preocupación a quien alcanzó con su esfuerzo y por propio mérito el supremo grado en los ejércitos de Tierra, Mar y Aire, ganado en victoriosa y difícil guerra", a lo que añaden: "Quisiéramos que el acierto que entonces nos acompañó no nos abandonara hoy al preguntar con lealtad, respeto y afecto a nuestro Generalísimo, si no estima como nosotros llegado el momento de dotar a España de un régimen estatal, que él como nosotros añora, que refuerce el actual con aportaciones unitarias, tradicionales y prestigiosas inherentes a la forma monárquica". Franco ignorará la proposición. Monasterio, que fallece en 1952, no podrá ver hecha realidad aquella solicitud.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Queipo de Llano (1875-1951)

General vallisoletano convertido durante la Guerra en 'virrey' del Sur desde su cuartel general de Sevilla, es privado por Serrano Suñer de las charlas radiofónicas diarias que le han hecho popular en ambas zonas

"Hoy las charlas no tienen razón de ser. Se ha constituido un Gobierno y a él corresponde todo lo que pueda haber sobre política nacional e internacional. A los militares nos está prohibido hablar sobre cuestiones políticas de ningún género cuando hay un Gobierno constituido". Socarrón y cínico, como en él era costumbre, con esta declaración de principios se despide Gonzalo Queipo de Llano de todos sus oyentes después de más de un año y medio de charlas radiofónicas prácticamente ininterrumpidas desde los micrófonos de Unión Radio en Sevilla, una de las más célebres hazañas propagandísticas del bando nacional durante la Guerra.

Las charlas del general sublevado enmudecen el 2 de febrero de 1938, miércoles, el mismo día que se celebra el primer Consejo de Ministros del Gobierno que, presidido por Franco, ha sustituido en sus funciones a la Junta Técnica del Estado. De su cuñado, Ramón Serrano Suñer, al frente del Ministerio del Interior, es de quien parte en última instancia la orden de poner fin a unas alocuciones que, según algunos autores, "no se corresponden con la imagen que del nuevo régimen se pretende dar a las potencias extranjeras para un eventual reconocimiento por parte de éstas". La hostilidad entre Franco y "el último virrey", como le califica Manuel Barrios en su biografía sobre Queipo, será el eje sobre el que gravite el futuro inmediato del general, quien padecerá, como muchos republicanos andaluces antes padecieron la suya, las iras del Caudillo. Si hasta entonces había sido Queipo de Llano quien ejercía el rol de justiciero, ahora será él quien se vea ajusticiado. Y es que la vida de este vallisoletano de nacimiento y sevillano de adopción está jalonada de contradicciones que no hacen sino ir forjando en él un carácter "en lucha permanente entre lo que debe hacer y lo que realmente siente o piensa", asegura Ana Quevedo, su nieta, en el libro Queipo de Llano: gloria e infortunio de un general.

Así, el pequeño Gonzalo Queipo de Llano y Sierra, nacido un 5 de febrero de 1875 en Tordesillas, tiene que lidiar desde un primer momento entre los juegos de la infancia y la escasez que atenaza a su numerosa familia (eran cinco hermanos y un único sueldo, el de juez de su padre). Pese a su inclinación por el Ejército, sobre todo la rama de Caballería, la falta de recursos de la familia le conducen de cabeza, y pese a sus protestas, a un porvenir radicalmente opuesto: el retiro monacal. Internado en un seminario, Queipo de Llano no se resigna a dedicar el resto de sus días a la contemplación y la oración y, como en las mejores huidas novelescas, salta la tapia de la huerta del monasterio donde ha sido confinado, y, fraile a la fuga, pone pies en polvorosa en busca de su verdadera vocación.

Conduce sus pasos hacia Ferrol, donde reside una tía suya que cree puede ayudarle. Con su complicidad (y finalmente la de sus padres), Queipo de Llano comienza a buscarse la vida siempre con el objetivo fijo en ese anhelado regimiento de Caballería. A los 15 años consigue ingresar en el cuerpo militar en calidad de voluntario de corneta (cronistas de la época auguran al joven aprendiz un futuro alejado del virtuosismo musical dada su desastrosa habilidad con el instrumento) y en abril de 1893 es promovido como artillero segundo. Para entonces, su padre ya empieza a mover algunos hilos de su esfera de influencia política y, finalmente, cinco meses después y con 18 años, entra en la Academia de Caballería de Valladolid, de donde saldrá en 1896 con el grado de segundo teniente.

Mientras Queipo de Llano se forma como militar, el imperio español libra una de las últimas batallas por el control de sus colonias de ultramar. Como refuerzos para esta guerra, en mayo de 1896 arriban a la isla de Cuba muchos españoles salidos del puerto de Cádiz, entre ellos el joven teniente Queipo. Su pensamiento en estos momentos es unívoco: "Hay raza", se repite a sí mismo. La frase no es suya, sino de su madre, Mercedes de la Sierra, quien le ha inculcado desde la cuna conceptos como el honor, el orgullo, e incluso la entrega de la vida por la patria.

Durante sus años de batalla en Cuba, Queipo de Llano será galardonado en múltiples ocasiones por sus acciones de guerra. Su regreso a la Península, en noviembre de 1898, viene precedido por su fama de "intrépido, arrojado y audaz", como repite su nieta. Sin embargo, y antes de embarcarse en una nueva empresa bélica, esta vez en el norte de África, Gonzalo Queipo de Llano da rienda suelta a otra pasión, la amorosa, y en lo que será definido como amor a primera vista, cae prendado de Genoveva Martí y Tovar, hija del presidente de la Audiencia de Valladolid. Contraerán matrimonio en 1901, y tendrán cinco hijos, cuatro niñas y un varón.

Con respecto a su períplo por tierras marroquíes, éste tendrá un breve prólogo de dos meses en 1909 y un intenso desarrollo a partir de 1912. Desde su llegada a tierras africanas, se le van acumulando los éxitos militares. Dos fechas destacan sobre todas en el historial militar de Queipo de Llano relacionadas con la Guerra del Rif: en abril de 1914 logra ser ascendido a teniente coronel; ocho años después, con 47 años, es nombrado general de brigada.

Un año más tarde se establece en España la dictadura de Miguel Primo de Rivera, régimen hacia el que Queipo de Llano manifiesta su simpatía, en palabras del historiador Manuel Rubio Cabeza. Sin embargo, Ana Quevedo sostiene que la idea de un directorio militar agradaba bien poco a su abuelo. "Poquita política para los militares", decía. La realidad parece coincidir con la opinión de su nieta, pues en marzo de 1928 Queipo de Llano es pasado a la reserva, pero manteniendo su empleo de general de brigada, debido a su actitud contraria al dictador. Llega incluso a las manos con su hijo cuando en 1930, y tras la publicación del libro de memorias Queipo de Llano perseguido por la Dictadura, José Antonio Primo de Rivera, ante las constantes críticas y reproches hacía la figura de su padre, propina al general varios sonoros bofetones.

No será éste el único escándalo en el que se vea implicado Queipo de Llano en 1930. Aunque monárquico convencido según su nieta, a finales de año, y como recoge Rubio Cabeza, "encabeza una minisublevación contra la Monarquía. Junto con el aviador Ramón Franco Bahamonde y un reducido grupo de oficiales y paisanos, asalta el aeródromo de Cuatro Vientos, en Madrid, y con la estación de radio bajo control asegura que la República ha sido proclamada en toda España". Como reconocerá tras la muerte del monarca Alfonso XIII, "vivo no era lo que precisaba España".

Este amago golpísta le conduce al exilio. Francia es su nuevo punto de destino, aunque no permanecerá mucho tiempo allí, puesto que el 14 de abril de 1931 se proclama la Segunda República española y es reclamado para ocupar la Capitanía General de Madrid. Ascendido a general de División y nombrado jefe del Cuarto militar del presidente de la República, tampoco encuentra acomodo en el nuevo régimen. "Ni Monarquía ni República. Sólo Patria", suele repetir. Su desencanto con este nuevo sistema de Gobierno aumenta varios grados cuando en 1933 es depuesto de su cargo por orden de su consuegro, Niceto Alcalá-Zamora, y le encomienda la Inspección General de Carabineros. Esta degradación marca el inicio de la segunda intentona golpista de Queipo de Llano, aunque en esta ocasión él se deja mandar. Quien dirige toda la trama rebelde se encuentra en Pamplona y también tiene sus rencores guardados hacia el régimen republicano. Es Emilio Mola.

En los primeros planes de la sublevación, Queipo queda encargado de movilizar la 7ª División, sita en Valladolid. Pero el general Andrés Saliquet intercede y mueve a Queipo hasta la plaza de Sevilla, que contra todo pronóstico se convierte en una de las primeras ciudades en caer del lado nacional. Se impone al jefe de la 2ª División, el general Villa-Abrile, y pese a las pocas fuerzas hábiles en la ciudad, logra la rendición del gobernador y la adhesión del Regimiento de Artillería 3º Ligero. La resistencia obrera de barrios como Triana o La Macarena es pronto aplacada con detenciones y fusilamientos masivos.

Con su familia protegida en Málaga, y con Sevilla bajo control, Queipo da comienzo a "su virreinato", como lo denomina Gabriel Jackson: "El general Queipo se creó una especie de principado semi independiente para sí mismo, a la manera del Cid. Asegura las exportaciones de jerez, aceitunas y frutos cítricos; establece relaciones comerciales con Lisboa y con la marca Fiat; reparte licencias de importación entre sus partidarios más leales" e incluso construye viviendas sociales en tierras de antiguos terratenientes republicanos. No obstante, no todo son complacencias y buenaventuras en la Andalucía de Queipo de Llano. "Metódicamente, noche tras noche, todas las personas que se habían relacionado con los republicanos o las izquierdas son buscadas y detenidas. La cárcel está atiborrada. Las ejecuciones tienen lugar en los alrededores de la ciudad, para que todo el mundo escuche las descargas", afirma el historiador inglés.

Sin embargo, la figura de Franco se interpondrá en el camino de Queipo. Como relata Ana Quevedo, "el abuelo nunca se había preocupado de ocultar sus sentimientos u opinión sobre Franco, ni como jefe militar ni como ser humano; si en África le reputó de frío, insensible y cruel, no se contuvo después en calificarlo como egoísta y mezquino. Hizo alusiones más o menos indiscretas a las irregularidades que rodearon su elección como Generalísimo, e incluso acuñó desde antiguo para él el apodo de Paca la Culona. Cada una de sus palabras llegaron a oídos de Franco y éste, admitiendo tenerle 'miedo físico', aguardaba una oportunidad para librarse de él". Además de sus opiniones sobre el nuevo líder del país, su independencia de actuación y disposición, tanto en el orden civil como el judicial, económico o administrativo -autonombrándose jefe del Ejército del Sur- le convierten en un personaje incómodo para las aspiraciones del Caudillo.

La enemistad entre los dos militares ya se hace notoria en sus años de correrías en África, cuando Queipo tacha de cobarde en público a Franco por abandonar su misión de cubrir a las tropas españolas que se retiraban en Tánger -"no esperaba este comportamiento de usted", le dice Queipo a Franco-, y queda claramente puesta de manifiesto cuando, durante la reunión de la Junta que pretende elegir a Franco como jefe del Estado español, Queipo de Llano responde contundente a Miguel Cabanellas, presidente de la misma y opuesto también al nombramiento: "Lo único que quiero es la salvación de España, me da igual quién lo consiga. Que se salve España aunque la salve el diablo". La Junta aprueba el nombramiento de Franco, que no tarda en relegar a Cabanellas. No será hasta la formación de su primer Gobierno cuando el Caudillo se decida a castigar a Queipo terminando con sus alocuciones radiofónicas.

El vallisoletano aguarda la oportunidad de devolver el golpe a Franco, y ésta llega en julio de 1939, durante la celebración del tercer aniversario del alzamiento. Queipo manifiesta públicamente su disgusto porque, en la nueva configuración del Estado que Franco está levantando, ni él ni la capital hispalense han sido reconocidos como él cree que debieran, pese a que «Sevilla es la clave de la salvación de España», y advierte de que «Andalucía está despertando y se resiste a ser despojada de la gloria de haber sido la llave de la victoria», reclamando para sí y para su ciudad la Laureada de San Femando.

Franco no tarda en responder a este desquite, y le conmina para una reunión en Madrid 24 horas más tarde. Allí, Queipo recibe órdenes para su nueva misión: cesar su actividad en la Capitanía General de Sevilla y abandonar territorio español, rumbo a Italia, al frente de una misión militar; en verdad, una excusa de Franco para alejar a Queipo tanto de Madrid como de la política interior española. Por orden expresa del Caudillo se le impide regresar a Sevilla y parte hacia Roma con su hija Maruja y sus ayudantes César López Guerrero y Juliano Quevedo. Arriban el 21 de julio y se instalan en el hotel Excelsior, su hogar durante los siguientes tres años.

De vuelta a la Península, permanece alejado del servicio activo. En 1944 recibe la Laureada de San Fernando que había exigido antes de su destierro. Le será impuesta por Franco en persona, dando lugar a una de las estampas más cómicas de la dictadura franquista, con el jefe del Estado puesto de puntillas y Queipo de Llano encorvado para que su solapa quede a la altura de las manos del dictador. En 1950, el Caudillo le concederá el título de marqués de Queipo de Llano.

Sólo un año después, a las cuatro de la tarde del 9 de marzo de 1951, Gonzalo Queipo de Llano fallece en su cortijo sevillano de Gambogaz. Entre sus últimas voluntades está la de ser enterrado en la Iglesia de la Macarena, templo que él mismo ayudó a levantar. El fajín que los cofrades regalaron al general por tan cristiana acción, sigue saliendo en procesión todos los Viernes Santo como parte del atuendo de la imagen religiosa. Las crónicas periodísticas del 10 de marzo darán cuenta de la muerte del general, así como de un fuerte terremoto que sacude Andalucía a las pocas horas de su fallecimiento. Para sus seguidores, será la prueba de que hasta la tierra llora la pérdida de tan honrado hombre. Para sus detractores, será la venganza de todos aquellos que murieron en la toma de Sevilla la roja y que ahora pasan factura en el infierno al general Queipo de Llano.

jueves, 27 de diciembre de 2012

El conde de Rodezno (1883-1952)

Diputado a Cortes por Navarra, Tomás Domínguez Arévalo ocupa la Presidencia de la Junta Nacional de la Comunión Tradicionalista para más tarde hacerse cargo de la cartera de Justicia en el primer Gobierno de Franco

"Era alto, de rostro afilado, con un gesto entre triste y burlón; con su ademán mezclado de solemnidad, indolencia y cortesía. Era puntillosamente leal a sus tradiciones, aunque políticamente parecía más consecuente que creyente...". Así define Ramón Serrano Suñer a Tomás Domínguez Arévalo, ministro de Justicia en el primer Gobierno de Franco de 1938, tras su primer encuentro.

Domínguez Arévalo nace en Madrid, en 1883. De su padre heredará no sólo el título nobiliario de conde de Rodezno sino también la Jefatura del carlismo navarro. Como su progenitor, es diputado por la circunscripción de Pamplona. Si su padre participa en la Tercera Guerra carlista (1872-1876), Domínguez Arévalo lo hace en la Cuarta. Para los carlistas, la Guerra Civil española supone la cuarta edición de su enfrentamiento con el liberalismo, ahora representado por la República. Pero en esta ocasión, a pesar de estar en el bando de los ganadores, Tomás Domínguez Arévalo termina perdiendo. Sus ideales de restaurar una monarquía tradicional caen en el olvido.

Para Serrano Suñer, el conde de Rodezno es un político especial. No es un profesional de la política que la necesite para vivir, pero sí un amante de las intrigas que la rodean. Con 33 años y tras licenciarse en Derecho por la Universidad de Madrid, es elegido diputado a Cortes en 1915, y repite en 1918 y 1919. En 1921 y 1923 opta por probar en la Cámara Alta, y es elegido senador en ambas ocasiones. Pero el golpe de Estado del general Miguel Primo de Rivera (1923) acaba con su intensa vida parlamentaria, que no retoma hasta la proclamación de la Segunda República, el 14 de abril de 1931.

Durante el primer tercio del siglo XX asiste a la profundización de la división entre los carlistas. De las tres corrientes que reclaman para sí la herencia del pretendiente Carlos VII -integristas, mellistas (seguidores de Vázquez de Mella) y jaimistas (partidarios de don Jaime de Borbón)- Tomás Domínguez Arévalo es fiel seguidor desde su juventud de Juan Vázquez de Mella, fundador del Partido Tradicionalista. Sin embargo, una de las misiones que se propone a sí mismo es la de unificar en un solo movimiento a la familia carlista: unificación que consigue en 1932, ya en pleno periodo republicano. La muerte del pretendiente don Jaime, tras caerse de su caballo, en octubre de 1931, neutraliza a los jaimistas y a su ideología socializante. El nuevo heredero de la causa carlista, don Alfonso de Borbón, tío del fallecido, impulsa la creación de la Comunión Tradicionalista, un nuevo movimiento que engloba a las diferentes corrientes del carlismo. Don Alfonso de Borbón, que toma también el nombre de don Alfonso Carlos I, en recuerdo a su hermano Carlos VII, nombra al conde de Rodezno presidente de la Junta Nacional de la Comunión Tradicionalista.

Son los años de mayor relevancia política de Domínguez Arévalo. Diputado por Navarra en las Cortes en cada una de las convocatorias de la República, destaca como un agrio rival hacia la labor de la izquierda republicana. Y es que los pilares de la política de Azaña durante el bienio progresista son sistemáticamente atacados por la minoría carlista. El conde de Rodezno se ceba especialmente con las medidas laicistas y la política autonómica. Años después, como ministro de Justicia del primer Gobierno de Franco, se encargará personalmente de desmantelarlas. Para él, las reformas religiosa y autonómica van "contra la esencia de España".

Pero el conde de Rodezno no se limita sólo a atacar el régimen republicano desde dentro, sino que también conspira para acabar con él desde fuera. Alienta, cuando no participa, varios intentos de rebelión. Es el caso de la sanjurjada. El jefe de los carlistas es uno de los que anima al general Sanjurjo a dar un golpe de Estado el 10 de agosto de 1932. Sanjurjo, considerado como uno de los militares con mayor prestigio de la época, era hijo de un veterano coronel carlista y los tradicionalistas veían en él al personaje que necesitaban para instaurar una monarquía de corte absolutista. Sin embargo, la intentona fracasa y Sanjurjo es arrestado y condenado junto a otros 150 participantes. Entre ellos figuran varios líderes carlistas. El conde de Rodezno es recluido en la cárcel de Guadalajara durante varios meses.

Tras salir de prisión, se centra en dos nuevos objetivos: por un lado, conseguir la creación de un bloque de derechas bajo el manto del carlismo; por otro, intentar una delicada maniobra de acercamiento a los seguidores de la otra línea dinástica, la de Alfonso XIII. Sin embargo, sus encuentros con José María Gil Robles, de la CEDA, para crear una gran coalición derechista de cara a las elecciones de noviembre de 1933 no fructifican. El posterior éxito de la CEDA y su postura posibilista con la República confirman el fracaso. Con el partido monárquico alfonsino Renovación Española los resultados, aunque discretos, son más positivos. Ambos grupos, ensombrecidos por el triunfo cedista en las elecciones, colaboran en los trabajos del Parlamento con la creación del grupo político Tyre (Tradición y Renovación Española). El conde de Rodezno, en una muestra más de su pragmatismo, ve en Don Juan de Borbón y Battemberg, hijo del exiliado Alfonso XIII, la posibilidad de unificar ambas dinastías, debido a que el pretendiente carlista, don Alfonso Carlos I, con 82 años, aún permanece soltero.

En la primavera de 1934, la corriente integrista del carlismo y los miembros más jóvenes del movimiento, procedentes de la Asociación de Estudiantes Tradicionalistas (AET), le acusan a él y al resto de la vieja guardia carlista de dañar la causa del tradicionalismo con su política pactista. El 20 de abril de ese mismo año, tiene lugar una reunión de la Junta de jefes regionales de la Comunión Tradicionalista en la que se decide reorientar la política seguida hasta ahora. El conde de Rodezno y los suyos son obligados a renunciar a sus cargos en la Junta Delegada. El nuevo líder del carlismo desde entonces pasa a ser el abogado sevillano Manuel Fal Conde.

Poco después, el 6 de mayo, el pretendiente don Alfonso de Borbón exige a Tomás Domínguez Arévalo que disuelva el Tyre y cesen los contactos con los monárquicos alfonsinos. Al año siguiente, es excluido del Consejo Nacional de la Comunión Tradicionalista. Por último, tras el fracaso en las elecciones de febrero del 36, el conde de Rodezno pierde la jefatura del grupo parlamentario carlista que ha ostentado desde las Cortes constituyentes de 1931. Aun así, Domínguez Arévalo participa intensamente en los acalorados debates que vive el Congreso en los meses previos al levantamiento.

A pesar de ser apartado de la dirección nacional del movimiento carlista, el conde de Rodezno mantiene aún una gran influencia en Navarra, principal feudo del tradicionalismo. Y desde esa posición, compagina su actividad parlamentaria con la participación en varias conspiraciones contra la República. Los carlistas tenían sus propios planes de rebelión pero, conocidas las intenciones de algunos generales, deciden contactar con los militares. Al mismo tiempo, el general Mola, jefe militar de Navarra y uno de los ideólogos del levantamiento del 18 de julio, es consciente de que necesita las milicias carlistas para asegurarse el éxito. Sin embargo, Fal Conde pone un alto precio a la colaboración de los requetés con el Ejército nacional: exige que la bandera rojigualda sea la enseña de la rebelión. También pone como condiciones que los militares repongan la Monarquía y que ésta encame los ideales carlistas. Demasiado para Mola, por lo que las conversaciones acaban fracasando. Sin embargo, el militar sabe que necesita a los carlistas, y a comienzos de julio escribe una carta al conde de Rodezno solicitando su ayuda.

El 9 de julio tienen un encuentro y Domínguez Arévalo aconseja al general que trate directamente con la Junta Regional de los carlistas navarros, "puenteando" a la dirección nacional del movimiento. El conde de Rodezno le dice que "si entremezclaba entre sus tropas a muchachos navarros, levantarían la moral y abriría con ello la ruta de Madrid".

El primer cara a cara entre el conde de Rodezno y Franco se produce en diciembre de 1936. Domínguez Arévalo escribe en su diario la impresión que le causó el ya Generalísimo: "Era un hombre cauto, muy sereno, amable y reservado, cuyo pensamiento íntimo era una incógnita".

Paradójicamente, ese mismo mes se produce el primer encontronazo entre ambos. El 8 de diciembre de 1936, Fal Conde firma un decreto para crear la Real Academia Militar Requeté con la intención de formar a la oficialidad carlista. Pero Franco considera este hecho como una falta de respeto hacia su persona, por lo que hace llamar al conde de Rodezno al que muestra su indignación y la orden de que Fal Conde abandone el país. Domínguez Arévalo, aún a pesar de las diferencias que tiene con el jefe máximo de los carlistas, intenta mediar y apaciguar a Franco pero éste no cede. El 20 de diciembre de 1936, el conde de Rodezno se ve obligado a redactar una carta dirigida a sus correligionarios en la que se lee: "Las circunstancias por las que atraviesa España no autorizan a crear dificultad alguna a los que tienen la responsabilidad del poder y de la guerra, por lo cual todos deben permanecer en sus puestos más fieles cada día al servicio de Dios, España, el Rey y el Movimiento Nacional".

Fal Conde se exilia a Portugal a los pocos días. Sin embargo, en una muestra de cómo entiende el conde de Rodezno la política, escribe en su diario su malestar por la decisión tomada por Franco, pero a la que él no se opone. "Expulsar de España, como a un miserable, al jefe de la Comunión Tradicionalista constituye un agravio para todos que causa un mal síntoma para el porvenir", escribe.

Al mismo tiempo que Fal Conde sale hacia Portugal, se inician las conversaciones entre las cúpulas de Falange y la Comunión Tradicionalista para unirse y crear un movimiento político único. Mientras Fal Conde se opone, el conde de Rodezno no sólo apoya el diálogo sino que participa directamente en las negociaciones. Sin embargo, las exigencias de los falangistas dan al traste con los planes. Pero Franco, al tanto de los contactos entre ambas formaciones, y consciente de que necesita un partido de masas sobre el que asentar su poder, emite finalmente un decreto de unificación el 19 de abril de 1937. Nace así Falange Española Tradicionalista y de las JONS. El conde de Rodezno apoya la decisión: prefiere maniobrar desde dentro para colocar al carlismo en la mejor situación posible de cara al nuevo régimen que se está levantando.

Tomás Domínguez Arévalo consigue que Franco atienda al nuevo pretendiente carlista, don Javier de Borbón y Parma. Su intención es que del encuentro salga un compromiso por el que los carlistas reacios a la unificación se integren en el partido único. Sin embargo, el objetivo se consigue en parte. Meses después, tras ser expulsado de tierras españolas por Franco, don Javier arremete contra el conde de Rodezno y todos los que han apoyado la unión.

A pesar de la condena, Domínguez Arévalo se convierte en uno de los 50 miembros del Consejo Nacional de FET y de las JONS. Sin embargo, el conde de Rodezno se da cuenta de dos cosas. Si por un lado para él la unificación significa una absorción por parte de Falange; por el otro, comienza a ser consciente de que Franco no cuenta con el carlismo: "Tengo el más ingrato recuerdo de las sesiones del Secretariado, en donde los tradicionalistas pronto se encontraron en una situación que, aparte de molesta, resultaba ineficaz". Desde el mes de julio de 1937, el conde de Rodezno deja de acudir a las reuniones del Secretariado.

El 30 de enero de 1938, Domínguez Arévalo vuelve a recuperar protagonismo. En esa fecha, Franco decide crear su primer Gobierno y le nombra ministro de Justicia. El veterano carlista se pone enseguida a trabajar en sus objetivos: el primero es acabar con todo rastro de laicismo en la legislación española. Ya el 19 de febrero prepara una ley para prohibir el divorcio, e incluso anular los ya realizados. Otra de sus intenciones, como la vuelta de la Compañía de Jesús y la devolución de sus propiedades, tienen más dificultades ante la oposición de los ministros falangistas. Su mayor éxito en su guerra particular con los falangistas es frenar todas las reformas legislativas que, impulsadas por Antonio Luna, delegado nacional del servicio de Justicia y Derecho de Falange, pretenden instalar en España buena parte del derecho nazi. El conde de Rodezno pronto se desengaña. En abril de 1938 advierte a Franco. "Mi general, la doctrina tradicionalista no es la fascista. Esto de la Falange le hundirá".

Hasta que finaliza la Guerra, los enfrentamientos entre el conde de Rodezno y Serrano Suñer son continuos. Pero mientras el segundo amplía sus cotas de poder, el primero pierde la cartera de Justicia. Mucho tiempo después escribiría: "Franco termina de utilizarlo a uno y es como si cayera un telón infranqueable que borra hasta el recuerdo; yo salí de este Consejo convencido de que no volvería a verle ni a hablar con él y así ha sido".

El conde de Rodezno se retira a sus cuarteles de invierno en Navarra, donde llega a ser diputado foral. Los años 40 los dedica a su labor como historiador y jurista. Miembro de las Reales Academias de Jurisprudencia y de Historia pasa a dirigir la Revista de Estudios historiográficos y genealógicos y escribe varios libros sobre el carlismo como Carlos VII, duque de Madrid o Los Teobaldos de Navarra. Domínguez Arévalo muere en Villafranca de Navarra en 1952, a la edad de 69 años. Franco le otorgará el título de Grande de España a título póstumo por sus servicios prestados.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Luis Jiménez de Asúa (1889-1970)

Considerado como uno de los penalistas españoles con mayor proyección internacional, este catedrático de Derecho preside la Comisión encargada de redactar la Constitución de 1931 y el Código Penal al año siguiente

En uno de los entrepisos de la facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid, se encuentra la biblioteca de Criminología: un lugar pequeño, oscuro y cargado de historia. Tras el cristal de una de sus vitrinas, un buen montón de libros amarillos, originales de ediciones antiguas del profesor Luis Jiménez de Asúa. Junto a ella, un escritorio traído desde Buenos Aires, tras la muerte del jurista en 1970. Volvió su escritorio pero no el intelectual, que durante años soñó, como tantos otros exiliados, con regresar a España. En este lugar, donde a primera vista no se descubren ventanas y no hay sitio para el ruido, descansa la obra de un profesor al que las circunstancias de su tiempo empujaron irremediablemente a la política y le convirtieron en un protagonista más de una etapa de nuestra Historia.

Aunque Jiménez de Asúa (Madrid, 1889) no hubiera necesitado una guerra para formar parte de esta historia. Su obra jurídica le hubiera situado en ella de todas las maneras, ya que, para muchos, Jiménez de Asúa es el fundador de la primera escuela de Criminología española y uno de los penalistas hispanos más relevantes de la época contemporánea.

Su formación académica es brillante. Tras iniciar sus estudios en Madrid, pasa por las principales escuelas penales de Europa, como el Kriminalisches Institut de Berlín, donde realiza el doctorado. En 1918, obtiene la cátedra de Derecho Penal de la Universidad Central de Madrid.

Pero Jiménez de Asúa se ha caracterizado siempre por ser un hombre de principios, y durante la dictadura de Primo de Rivera es relegado de su puesto en más de una ocasión por sus ideas controvertidas en temas como la eutanasia, el voto femenino o la pena de muerte.

En abril de 1926 es desterrado a las islas Chafarinas, para, dos años después, ser suspendido de nuevo de su empleo. Finalmente, renuncia a su cargo como catedrático en 1929 por creer que "es incompatible con la serena función de catedrático el régimen de violencia que el Gobierno inicia contra los centros de enseñanza".

A pesar de su temprana inclinación hacia el socialismo, Luis Jiménez de Asúa no ingresa en el PSOE hasta la proclamación de la República -el 14 de abril de 1931-. Es entonces cuando se convierte en miembro del Parlamento y entra a formar parte de la Comisión encargada de redactar la Constitución, ocupando la Presidencia. Será quien presente el texto ante las Cortes el 27 de agosto de 1931.


Durante este tiempo compagina su actividad de jurista con la de político. Es nombrado director del Instituto de Estudios Penales, cargo que desempeña al mismo tiempo que participa en la redacción del Código Penal en 1932. Mantiene su escaño como diputado tras ser reelegido en 1933 y 1936, año en el que ocupa el cargo de vicepresidente en el Congreso de los Diputados.

La creciente violencia que inunda España en los primeros meses de 1936 le toca muy de cerca. El 12 de marzo, se convierte en blanco de FE de las JONS, y sufre un atentado del que sale ileso pero en el que su escolta pierde la vida. La respuesta popular no se hace esperar: se queman dos iglesias, muere un guardia, un bombero y se destruye la sede del diario La Nación.

Cuando meses después estalla la Guerra, Jiménez de Asúa defiende la República desde el derecho y la diplomacia. Por ello, su labor durante el conflicto la desarrolla lejos de las trincheras.

Primero en Francia, donde la República trata de que el Gobierno galo le proporcione armas y aviones. La situación política en el país vecino es complicada y su presidente, Léon Blum, se encuentra con fuertes resistencias, tanto a nivel político como popular. Las negociaciones son difíciles y en ellas participa, entre otros, Jiménez de Asúa, que el 24 de julio llega a reunirse con el presidente francés.

Después marcha a Checoslovaquia. Allí los delegados de la República Luis García y Gaspar Sanz y Tovar se han unido a los sublevados, dejando sin representación a España en este país. El elegido para ocupar el puesto es Jiménez de Asúa, que el 21 de agosto de 1936 llega a la capital checa como Encargado de Negocios, puesto que ocupa sólo hasta septiembre, cuando es designado representante diplomático en Praga. Su función, entre otras, es buscar apoyo oficial y material bélico para el bando republicano. Así dirige la que será la última compra de armas de la República a un país europeo, a excepción de la Unión Soviética.

Sus primeros meses en Checoslovaquia son muy productivos. Asúa crea el Servicio de Información de la República en Praga que cubre una área importante que va de Alemania a Yugoslavia. Además, cuenta con el apoyo del socialismo y del comunismo checo, muy concienciados con la causa republicana española, y del propio presidente del país, Eduard Benés.

Pero el fascismo en Europa avanza de la misma forma que lo hacen las tropas nacionales en España. En octubre de 1937, el Gobierno de Praga expresa su deseo de entablar relaciones comerciales con la España nacional al vislumbrar que este bando se perfila como ganador. Esta situación supone un duro revés para el Gobierno republicano, ya que Checoslovaquia ha sido uno de sus principales proveedores de armas, a pesar de su adhesión al Comité de No Intervención.

Los esfuerzos de Jiménez de Asúa para evitar que se normalicen las relaciones del bando nacional con Praga, tanto de tipo comercial como diplomático, son inútiles. En enero de 1938 se inician las conversaciones que culminan el 31 de marzo, cuando se reanudan las relaciones con la España franquista, que arrancan el compromiso gubernamental de terminar con la venta de material de guerra a los republicanos que venía haciéndose desde un principio.

En septiembre de 1938, tras la ocupación de los Sudetes, se produce el nombramiento de un nuevo Gobierno pro alemán en Checoslovaquia, que debilita aún más la posición de Jiménez de Asúa en el ambiente diplomático del país, lo que le obliga a abandonarlo. Su nuevo destino es la Sociedad de Naciones, donde ocupa el cargo de Delegado Permanente hasta el fin del conflicto.

Finalizada la Guerra, Jiménez de Asúa toma el camino del exilio. En agosto de 1939 llega a Buenos Aires donde retoma su actividad académica en la Universidad de La Plata. Pese a ello, nunca llega a desligarse de la política, convirtiéndose en miembro activo de los gobiernos republicanos en el exilio. En 1962, tras la muerte de Martínez Barrio, asume la presidencia de la República española en el exilio. Jiménez de Asúa, que ocupa el cargo hasta su muerte en 1970, apuesta por la oposición interna, tanto política como sindical. Lejos por tanto quedaron ya las esperanzas de volver a Madrid, ciudad que según sus palabras, "era la más bonita del mundo".

martes, 25 de diciembre de 2012

Vicente Rojo Lluch (1894-1966)

Militar de carrera, se mantiene fiel al Gobierno tras la sublevación nacional, convirtiéndose en la pieza clave del ataque y la defensa del Ejército republicano, del que acabará siendo su jefe del Estado Mayor Central

En el discurso de Año Nuevo de 1938, Franco se dirige por radio al país para anunciar que sus tropas han recuperado Teruel. Pero no es cierto. Teruel está casi en manos gubernamentales, en lo que supone la primera gran maniobra exitosa de contraataque del Ejercito Popular republicano. La mayor parte del éxito se debe a la iniciativa y astucia militar del teniente coronel Vicente Rojo Lluch. Después de meses resistiendo los ataques del Ejército nacional, y tras cosechar numerosos reveses, la conquista de Teruel significa una enorme euforia en las filas republicanas. Además, supone que Vicente Rojo se convierta, por méritos propios, en la mente que dirija todas las acciones ofensivas del Ejército republicano hasta el final de la Guerra.

El 22 de octubre de 1937 es nombrado general, y a raiz del logro que supone la recuperación de Teruel se le concede la Placa Laureada de Madrid, versión republicana de la monárquica Laureada de San Fernando. En poco más de año y medio, Rojo ha pasado de ser casi un anónimo comandante, experto en tácticas militares pero sin apenas experiencia fuera de los despachos, a liderar en el campo de batalla los movimientos de cientos de miles de soldados. Ya en Guadalajara -marzo de 1937-, Rojo se convierte en jefe de Estado Mayor del Ejército republicano. Para muchos, es el más brillante estratega de la contienda.

Cuando comienza la Guerra, ocupaba un puesto burocrático en el Ministerio de la Guerra, pero su suerte cambia cuando, casi por azar y sin previo aviso, se ve al mando de la defensa de Madrid en medio de la desbandada general de oficiales a Valencia. El éxito de sus maniobras, que repelen la conquista de la capital, hace que su poder y su influencia crezcan dentro del Ejército y el Gobierno. En julio de 1936 es comandante, y al concluir la Guerra ya ha alcanzado el grado de general. Su condición de gran estratega la demuestra en innumerables ocasiones: tras la defensa de Madrid, en las batallas de Brunete y Belchite, en Teruel y sobre todo en la Batalla del Ebro, cuyo planteamiento es todo un alarde de estrategia. Como indica el historiador Carlos Blanco Escolá, "Vicente Rojo fue el general que humilló a Franco".

Nace en La Font de la Figuera (Valencia), en 1894, en el seno de una familia modesta. El menor de seis hermanos estudia en el Colegio de Huérfanos de Oficiales, y desde muy pequeño ve en el ejército el mejor modo de labrarse un futuro y ayudar a su familia. En 1911 ingresa en la Academia de Infantería de Toledo, y tres años después termina sus estudios como número cuatro de su promoción.

Su primer destino es el de Regulares en Ceuta, bajo el mando del teniente coronel Sanjurjo, aunque nunca llega a adaptarse al ambiente que se vive en el norte de África, ya que desde su época de estudiante se acerca más a la corriente militar que se decanta por el regeneracionismo que a la africanista, que está en auge en la cúpula militar. En cuanto puede pide su traslado a Barcelona, donde es ascendido a capitán en 1919. Allí conoce a la que será su esposa, Teresa Fernández, con quien tuvo siete hijos. Tras comprobar que la mejor forma de ayudar al Ejército es a través de la educación de los nuevos oficiales, entra a formar parte del profesorado de la Academia Militar.

En sus dos primeros años como profesor su prestigio crece enormemente. Intenta transformar y modernizar el plan de estudios, y es en ese momento cuando tiene su primer choque frontal con Franco. Éste acaba de ser nombrado director de la Academia de Zaragoza y ha relegado de los principales puestos a militares con ideas demasiado renovadoras poniendo en los puestos de dirección a africanistas compañeros suyos. Vicente Rojo completa su afán divulgativo con la creación, junto a su gran amigo Emilio Alamán, de la Colección Bibliográfica Militar. Es una publicación que busca formar a los oficiales de un modo mejor de lo que Franco estaba haciendo en Zaragoza.

Con la proclamación de la Segunda República parece que corren nuevos aires dentro del Ejército. Rojo se apunta a la Escuela Superior de Guerra para hacer el curso de Estado Mayor. Su puesto como número uno de la promoción le aporta aún mayor prestigio del que ya tenía entre una gran parte de los oficiales. Otros, en cambio, le acusan de ser un militar de despacho, un mero burócrata.

La sublevación militar del 18 de julio del 36 le coge ya como comandante destinado en un despacho del Ministerio de la Guerra. Rojo se mantine leal al Gobierno de la República. Aunque participa en la defensa de Somosierra, durante los primero meses su lugar continúa siendo la retaguardia y la diplomacia.

El 9 de septiembre de 1936 actúa como representante del Gobierno y entra en el Alcázar de Toledo con el fin de negociar la rendición con el por entonces coronel Moscardó. Es recibido en la puerta del Alcázar por su íntimo amigo y socio editorial Emilio Alamán, que a la vez es uno de los oficiales sitiados.

El giro de su papel en la contienda se produce durante el asedio a Madrid. Cuando el 4 de noviembre las tropas nacionales de Varela ocupan la línea de Alcorcón a Getafe, parece que la entrada a Madrid es irremediable. El Gobierno de la República se traslada a Valencia, y un aire de desbandada y pesimismo general se adueña de la capital. El día 6, tras la salida de todos los políticos de Madrid, José Miaja es nombrado presidente de la Junta de Defensa y elige a Rojo, que días antes ha sido ascendido a teniente coronel, jefe de la defensa de Madrid. La noticia pilla de sorpresa a muchos militares de mayor graduación y antigüedad que él.

Ese mismo día, sin tiempo que perder, constituye el Estado Mayor de la defensa de Madrid. Durante horas estudia las posiciones y comienza a dar órdenes determinantes. Una de sus grandes virtudes es que es un gran psicólogo: conoce bien a sus hombres, sus limitaciones y posibilidades. Como el propio Rojo llegó a confesar "parecía que al marchar el Gobierno a Valencia, se había llevado consigo su pesimismo y desconfianza". Además, ese día tiene la suerte de su lado: por la mañana, una tanqueta italiana es interceptada en Villaverde. Su interior contiene una copia del plan de ataque de Varela a la ciudad, lo cual le permite llevar la iniciativa de la defensa de la capital.

Ante la sorprendente resistencia, el pueblo de Madrid enloquece de entusiasmo. Según Rojo, durante esos días surge "el nuevo espíritu del Ejército Popular", que tras numerosas derrotas al fin se ve capacitado para repeler al Ejército africanista. Los milicianos comienzan a creer que su orgullo, sacrificio y fuerza moral pueden superar a lo que ellos consideran un ejército de mercenarios. Con las tropas a las puertas de la capital, se trata de luchar por sus casas y familias. Uno de los jefes milicianos que se pone al mando de Rojo es Enrique Líster, su brazo derecho en primera línea. Ambos tienen claro que "si no andamos rápidos, mañana a estas horas todos estaremos fusilados".

No sólo se defienden del ataque, sino que Rojo toma la iniciativa y contraataca por la Casa de Campo y Humera para dividir al enemigo. Con Madrid a salvo, Franco se dedica a bombardearla sin cesar. Al intentar cortar el abastecimiento de la ciudad, tiene lugar la Batalla del Jarama, una lucha a campo abierto, de desgaste puro, con nada de estrategia. Poco después, con la Batalla de Guadalajara -marzo de 1937-, concluye la defensa de Madrid y Rojo pasa a tomar las principales decisiones del Ejército republicano.

A partir de ese momento, algunos historiadores escriben que el resto de la Guerra Civil es un "cara a cara directo" entre Franco y Rojo. Ambos emplean tácticas contrapuestas. Franco aprovecha su superioridad de armamento, especialmente en aviación y artillería, centrándose en acciones frontales y directas, con el fin de desgastar al enemigo. En cambio, Rojo utiliza el factor sorpresa, la estrategia y el contraataque para llevar la iniciativa y hacer que el Ejército nacional mueva sus piezas al ritmo que él marca. Además, su peso político sube enteros, pasando a dirigir el Estado Mayor Central del Ejército.

En ese momento, y con total libertad de acción, comienzan a desarrollarse los principales movimientos estratégicos de Rojo. Con la Campaña del Norte a punto de terminar de manera victoriosa para el Ejército nacional, el único modo de detener su avance es a través de maniobras de distracción. Estas maniobras, acompañadas de rápidos ataques inesperados, hacen que Franco dé la orden a sus tropas de detener los avances republicanos. De este modo, el 5 de julio de 1937 se inicia la Batalla de Brunete. Si los republicanos quieren ganar la Guerra, no pueden estar sólo a la defensiva, hay que contraatacar y sorprender al enemigo. Se elige la zona centro porque es donde el Ejército Popular tiene a los hombres mejor preparados. Todas sus unidades de elite intentan abrir un agujero en las tropas africanas. Es entonces cuando logran uno de sus objetivos: paralizar durante un mes la Campaña del Norte, con lo cual sus tropas pueden reorganizarse y reforzarse.

Pero el éxito militar resulta escaso ante el masivo envío de refuerzos por parte de Franco. Brúñete se convierte de nuevo en una batalla de desgaste, con miles de muertos debido a la superioridad aérea nacional.

Franco no reanuda la Campaña del Norte hasta el 14 de agosto de 1937. Cuando Santander está a punto de ser ocupada, una nueva maniobra republicana coge por sorpresa a Franco. En esta ocasión el objetivo es Aragón, y así se inicia la Batalla de Belchite. Nuevamente, la táctica de oposición de los nacionales es desplazar a todo su Ejército del Norte. Su superioridad numérica les da finalmente el triunfo, pero queda demostrado que el Ejército republicano cuenta con mejores estrategias.

De este modo, llega la primera gran victoria del Ejército republicano, y en especial de Vicente Rojo: la conquista de Teruel, el 7 de enero de 1938. De nuevo se trata de un contraataque de distracción. El 1 de diciembre, Franco ha dado la orden de un avance definitivo sobre Madrid. Sus planes se basan en atacar la capital, esta vez por el sureste para cortar, a la vez, la comunicación con Valencia. Para Vicente Rojo, la salida más viable de defensa es alejar a las tropas nacionales, por lo que éste dirige su ataque a Teruel. Ante el avance republicano, Franco ordena desplazar a Teruel las tropas que marchan hacia Madrid, pero se encuentra con duras condiciones climatológicas. Las tremendas nevadas de esos días hacen que tanto la Aviación franquista como sus carros terrestres queden inutilizados.

Llegados a este punto, la República sólo baraja dos opciones para la victoria total: una pasa porque se acaben las trabas de venta de armamento por parte del Comité de No Intervención y de las potencias democráticas europeas; la otra, que estalle una guerra en Europa de estos países contra los regímenes fascistas. Por ello se trata de ganar tiempo y resistir. Así, el tiempo que Franco tarda en recuperar Teruel supone un retraso en su avance hacia Madrid. Rojo utiliza el mismo planteamiento meses después para la defensa de Levante. En una de las últimas lecciones militares de Rojo, con una táctica perfecta, hace que sus tropas crucen el río Ebro. El 24 de julio de 1938, las tropas republicanas conquistan en sólo unas horas unos kilómetros que los nacionales tardarán más de cuatro meses en recuperar, en una de las grandes batallas de la Guerra Civil. Una vez más, Franco se olvida de sus planes y desplaza sus efectivos al Ebro. Las tropas que los republicanos envían al Ebro son casi la totalidad de las que posee el Gobierno en Cataluña, por lo que según diversos autores si Franco no se hubiera obcecado en recuperar el control del Ebro, hubiera podido avanzar rápidamente por el norte y conquistar Barcelona. Una vez más, Rojo consigue atraer a las tropas de Franco y conseguir tiempo para reorganizarse. Pero durante estos días tiene lugar la Conferencia de Múnich, en la que los países europeos llegan a un acuerdo de paz con la Alemania nazi, lo que supone la pérdida total de ayuda exterior a la República.

A finales del 38, el desabastecimiento de la República es ya total. En cambio, Franco cuenta con refuerzos constantes de aviones y carros de combate alemanes e italianos. El fin de la Guerra es sólo cuestión de tiempo y cuando la resistencia es ya desesperada Rojo da la orden de cruzar el Ebro e instalar la línea de defensa de Barcelona en el río Llobregat. Se trata de una lenta agonía, pues las tropas nacionales irán avanzando posiciones haciendo retroceder a los republicanos.

Ocupada la casi totalidad de Cataluña, Vicente Rojo aconseja a Azaña y Negrín la rendición. Rojo huye a Francia y allí se entera del golpe de Estado de Segismundo Casado. Durante algunos meses se dedica a organizar la llegada de los miles de exiliados.

Ya en 1940 se exilia a Argentina, para en 1942 pasar a Bolivia, donde le reconocen el grado de general. Allí imparte clases en la Escuela Superior de Guerra. En la década de los 50, instruye a los nuevos oficiales en los cursos de Estado Mayor.

Pero Rojo mantiene su deseo de volver a España y es su antiguo amigo Alamán, ahora director de la Academia militar de Zaragoza, quien, en 1957, media para que se le conceda permiso vía Consejo de Ministros. Una vez en Madrid es juzgado por rebelión. Condenado a cadena perpetua, le indultan a los pocos días pero es desposeído de su empleo y graduación militar hasta el día de su muerte, el 15 de junio de 1966.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Pedro Sainz Rodríguez (1898-1986)

Considerado como uno de los impulsores en la creación del partido monárquico Bloque Nacional, ocupa la cartera de Educación en el primer Gobierno de Franco y es uno de los promotores en la fundación del Instituto de España

Filósofo y político madrileño, pasa a ocupar la cartera de Educación durante el primer Gobierno de Franco, el 30 de enero de 1938.

La política no le viene de nuevas. Ha sido diputado monárquico en las Cortes (1931,1933 y 1936), y se le considera uno de los impulsores en la creación del partido monárquico Bloque Nacional, con el cual se presenta en los comicios de 1936. Durante la Guerra, actúa de intermediario entre el Gobierno de Franco y la Italia de Mussolini. De hecho, cuando se produce el alzamiento se encuentra en Burgos, y Mola le envía a Roma para conseguir aviones que transporten a las tropas africanistas a la Península.

Sin embargo, antes de ser político y ministro, Sainz Rodríguez (Madrid, 1898) ejerce de estudioso y académico. Su figura está relacionada con algunos de los escritores más relevantes de la literatura española, como Valle-Inclán, Leopoldo Alas Clarín o Menéndez Pelayo. La relación de Sainz Rodríguez con el entorno literario asciende con la creación de la Compañía Iberoamericana de Publicaciones, un proyecto editorial que se pone en marcha en 1928. De comenzar como una modesta editorial española pasa a erigirse en uno de los grandes grupos editoriales de la época. Sainz Rodríguez dirige la empresa dándole un nuevo empuje y convirtiéndola en una especie de monopolio de la literatura de derechas que se autoprotege editando también a autores heteredoxos e izquierdistas. Gracias a ello, entra en contacto con Valle-Inclán.

Su llegada al Gobierno de Franco, como ministro de Educación 10 años después, no supone un cese en sus compromisos con la Universidad o la Literatura. Destaca su propuesta en la creación del Instituto de España, donde ocupará la vicepresidencia. A pesar de la diversidad de tendencias políticas implicadas en el proyecto, Sainz Rodríguez se presenta como la persona idónea para mediar entre las posiciones más irreductibles del alfonsismo de Vegas Latapié y el falangismo de Serrano Suñer.

Dos campos que se ven favorecidos con la llegada de Sainz Rodríguez a la cartera de Educación son la Filosofía y la enseñanza media -septiembre de 1938-, con la entrada de nuevas materias y planes de estudio, eso sí, no exentos de polémica por los organismos culturales de la época.

Al finalizar el conflicto, Sainz Rodríguez abandona el Ministerio y se traslada a Portugal, donde ejerce de consejero de Don Juan de Borbón. Durante su exilio, motivado por las diferencias que mantiene con Franco, se dedica a la investigación, con la publicación de obras como La mística española (1956) o Espiritualidad española (1961). En 1979, lee su discurso de ingreso en la Real Academia Española, de la que es miembro desde 1938, y en 1985 hace lo propio en la Academia de la Historia, falleciendo un año después en Madrid.

domingo, 23 de diciembre de 2012

Domingo Rey d'Harcour (1883-1939)

Coronel de Artillería encargado de la defensa en la ciudad de Teruel, firma la rendición ante las tropas republicanas el 7 de enero de 1938 por lo que es tachado de "traidor" y "cobarde" por algunos miembros de las filas franquistas

En la Nochevieja de 1937, en una supuesta carta dirigida a Varela, el coronel de Artillería Domingo Rey d'Harcourt, oficial al mando de la guarnición del Ejército nacional en la ciudad de Teruel, comunica: "No podemos resistir más. Si mañana no llegáis hasta nosotros, nos rendiremos al enemigo".

Con numerosas bajas, sin alimentos ni medicinas y escasos de municiones, Domingo Rey d'Harcourt y sus hombres aguantan ocho días más antes de entregar las armas. Sin embargo, y pese a su épico comportamiento, en un principio nadie en las filas franquistas otorga valor a la extenuante resistencia del oficial y le llegan a tildar de "traidor" y "cobarde". Prisionero por la división de Enrique Líster, formará parte del nutrido grupo de reos que acompañará a las tropas republicanas en su repliegue hacia los Pirineos, hasta que en 1939 es fusilado por el jefe de la columna comunista de Líster, Pedro Díaz, en la provincia de Gerona, no muy lejos de Figueras.

Pocas más hazañas se conocen de la vida de este oficial, que ingresó en la carrera militar a los 18 años. Se une al bando nacional al estallar la Guerra -se encontraba destinado en Zaragoza como teniente coronel- y defiende la ciudad de Teruel hasta casi desfallecer, en una de las batallas, calificada por muchos, más duras y decisivas del conflicto.

Teruel supone para los republicanos un episodio de fugaz entusiasmo, ya que, si bien a principios de enero de 1938 la bandera tricolor republicana luce entre las ruinas del centro de la ciudad, no tardará en ser arrancada por las tropas de Franco apenas 40 días después, cuando la plaza sea retomada por las fuerzas nacionales.

Pero, ¿fue Domingo Rey d'Harcourt un héroe o un villano por entregar la ciudad al enemigo?. El historiador Manuel Tuñón de Lara cuenta que, a mediados de diciembre de 1937, el Ejército republicano se había propuesto, como uno de sus objetivos principales de cara al invierno, la toma de Teruel. Para las fuerzas gubernamentales, la conquista de la plaza aragonesa suponía romper la línea nacional y al mismo tiempo paralizar un ataque sobre Madrid y Valencia por parte de las tropas franquistas. Dos de los oficiales rebeldes que guardan la ciudad son los coroneles Barba y Domingo Rey d'Harcourt. El 15 de diciembre de 1937 comienza el ataque republicano, y los defensores de Teruel reagrupan a más de 6.000 hombres en el casco antiguo, resguardándose en las instalaciones del Gobierno Civil, Banco de España, el seminario y un convento. Rey d'Harcourt tiene orden de aguantar a cualquier precio, ya que Franco ha ordenado a ocho divisiones, comandadas por los generales Varela y Aranda, acudir al frente de Teruel en apoyo de los sitiados: "Nuestro Ejército prepara sus fuerzas para el inmediato aplastamiento de los atacantes. El enemigo está muy castigado. Teruel será rápidamente liberado. Las fuerzas de esa guarnición se bastan ampliamente para prolongar la defensa, sin peligro para la plaza. Deben defenderse a toda costa las posiciones, economizando municiones y víveres", dice la orden enviada por el Caudillo.

Días después, los oficiales nacionales entran en acción, apoyados por 296 piezas de Artillería, y el 31 de diciembre, dos unidades alcanzan por separado las inmediaciones de la ciudad, a costa de grandes sacrificios y tras soportar temperaturas cercanas a los 20 grados bajo cero. Del 29 al 31 de diciembre, las tropas de ambos bandos se encuentran postergadas ante tales adversidades meteorológicas. De hecho, la noche del 31, Domingo Rey d'Harcourt comunica a sus mandos que la mejor opción pasa por entregar la ciudad. Mientras, Barba permanece refugiado en el seminario con un grupo de soldados.

El frío y las heladas paralizan las actividades durante varios días, por lo que Rey d'Harcourt logra resistir aún una semana más. Sin embargo, el estancamiento de las fuerzas de Aranda en los alrededores de la ciudad, entre Celadas y el Muletón, frena toda eficacia en los ataques de Varela hacia Teruel. La ciudad, completamente nevada, dificulta enormemente las acciones, por lo que la situación se hace ya insostenible para ambos bandos.

El 7 de enero, el 5º Cuerpo de Ejército republicano, comandado por Modesto, se sitúa frente a los edificios donde Rey d'Harcourt, acompañado por más de un millar de personas, permanece resguardado. Ante esa situación, no le queda más remedio que firmar la rendición. Barba cede horas después, poniendo fin a tres semanas de asedio y frío, en el que las bajas temperaturas siegan la vida del 75% de la tropa rebelde.

Por rendir la plaza, en vez de continuar la lucha hasta quedarse sin soldados o perder la vida en el intento, Rey d'Harcourt es tratado con suma dureza por sus compañeros. En el parte de guerra se dice que Teruel cae por la "flaqueza e impericia del jefe del Sector, que anoche pactó la entrega de su puesto con los rojos". Pero, ¿a quién se puede culpar de la caída -efímera- de Teruel? Por culpa de las bajas temperaturas, ni Aranda ni Varela consiguen llegar hasta las posiciones de Rey d'Harcourt, pese a los insistentes mensajes de ayuda lanzados por los sitiados. La mayoría de sus oficiales caen muertos o gravemente heridos. Así, Stanley G. Payne explica la rendición como una maniobra necesaria para proteger la vida de los 800 heridos y de las mujeres, ancianos y niños que se hallaban con él.

Sin embargo, Franco no tarda mucho en volver a caer sobre Teruel y a principios de febrero acumula en sus inmediaciones a 125.000 soldados y 400 cañones. El 20 de febrero, la ciudad ya se encuentra totalmente sitiada por las fuerzas nacionales. Debido a esa situación, los oficiales republicanos deciden evacuar la ciudad ante la posibilidad de quedar aislados, sin comida ni comunicaciones. Dos días después, los cerca de 2.000 hombres que defienden Teruel organizan una huida en la que caen más de 500 combatientes. Numerosos estudiosos recogen el parte de guerra firmado por el general Varela sobre la Batalla de Teruel: "El resultado final fue de tablas. El enemigo sólo retrocedió lo indispensable para ocupar buenas posiciones sólidamente sin perder contacto. Los contendientes se pararon tácticamente, dejando para mejor ocasión la lucha decisiva". Sin embargo, el Ejército republicano sufre un mayor desgaste, al cual Domingo Rey d'Harcourt contribuye de manera notable.

En el verano de 1938, durante la Batalla del Ebro, Rey d'Harcourt se halla preso en el castillo de Montjuíc (Barcelona), mientras espera a que los tribunales republicanos decidan sobre su destino. Finalmente, no fue otro que la muerte durante un repliegue de las tropas republicanas al Pirineo francés (1939).

Sólo al final de la Guerra y gracias a la insistencia de su viuda -según explica el escritor y periodista Jorge M. Reverte-, su memoria sería rehabilitada, momento en el que algunos historiadores, como Ramón Salas Larrazábal, justificaron su decisión de rendirse.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Willi Münzenberg (1889-1940)

Considerado por algunos autores como el fundador de las Brigadas Internacionales, es jefe del aparato propagandístico de la Komintern y creador de una red socialista difusora de las ideas soviéticas en Europa

"El 22 de octubre de 1940, no lejos de una diminuta aldea llamada Montagne, próxima a Grenoble (Francia), dos cazadores con sus perros se tropezaron con un siniestro bulto escondido en un bosquecillo. Al pie de un viejo roble, se encontraba el cadáver descompuesto de un hombre sentado. Hacía mucho tiempo que había fallecido y parecía haber muerto ahorcado". Así comienza el libro El fin de la inocencia, del escritor norteamericano Stephen Koch, y el cuerpo hallado no es otro que el del periodista alemán Willi Münzenberg que, aunque no era muy conocido por la opinión pública, fue la persona que manejó los hilos de la propaganda de la Komintern en Europa occidental y Estados Unidos.

Miembro del Partido Comunista, "promovió la fundación de una serie de instituciones para luchar contra los fascismos alemán e italiano, instituciones de corte aparentemente liberal pero, en el fondo, dominadas por los comunistas", según afirma Manuel Rubio Cabeza. "Durante el conflicto español", añade el autor, "consigue el apoyo de diversos países para la creación y puesta en marcha de las Brigadas Internacionales", en su empeño por defender la causa republicana.

Münzenberg nace en 1889 en Erfurt (Alemania). Hijo del encargado de una humilde taberna, vive su infancia rodeado de pobreza. Desde muy joven entra a formar a parte del círculo de influencia del Partido Social Demócrata alemán y, meses antes de que comience la Primera Guerra Mundial, conoce a Trotsky. Precisamente, es el revolucionario ruso el que le pone en contacto con Lenin, tras darse cuenta del talento que posee el alemán para el servicio secreto. De hecho, Münzenberg ya había creado una red clandestina de influencia socialista que se extendía por Europa.

Tras el triunfo de los bolcheviques -octubre de 1917-, se le encarga la tarea de convencer al mundo occidental de que la URSS es el paraíso de las libertades, la igualdad y el progresismo, enmascarando todo lo que de falso contenía esta afirmación y divulgando la sensación de que criticar la política soviética era la prueba evidente de que quien lo hacía era un retrógrado intolerante, reaccionario e iletrado.

Para ello se vale de la institución creada por Lenin en 1919: la Internacional Comunista o Komintern. La parte no oculta de la labor del organismo consiste en la propagación de las ideas comunistas y la revolución socialista por el mundo. Sin embargo, guarda una dimensión oculta. En realidad, se trata de un equipo de revolucionarios profesionales encargados de fortalecer la hegemonía del leninismo en Europa. Para este propósito, se valen de su propia red de propaganda y servicio secreto. Münzenberg, como cabeza de la maquinaria propagandística de la Komintern, se da cuenta de que para conseguir que sus ideas lleguen a las masas necesita que éstas sean guiadas por cabecillas intelectuales, creadores de opinión de clase media, que no estén confundidos por la "burguesía opresora", es decir, artistas, periodistas, novelistas, actores...

El planteamiento resulta sencillo. Se trata de hacer creer a la opinión pública que todo lo que acontece de malo en el mundo occidental es contrario a la idea de sociedad soviética. Por ejemplo, si un británico pensaba que la moral victoriana era retrógrada y timorata, se le hacía creer que en la URSS existía el amor libre y la emancipación sexual, aun cuando esto fuese totalmente falso. Entre los intelectuales que Münzenberg consigue reclutar se encuentran Ernest Hemingway, Anthony Blunt, John Dos Passos, Louis Aragón o André Malraux, lo que hace que sus opiniones tengan gran influencia en la opinión pública izquierdista, incluso en la socialdemócrata.

Ya con Stalin en el poder, Münzenberg comienza a ser incómodo para las altas esferas soviéticas. Demasiado tiempo con el control de las redes de espionaje comunista en Occidente le hace ser peligroso. Para salir de esta situación, y con la Guerra Civil española de trasfondo, Münzenberg idea una manera de ayudar a la causa republicana sin necesidad de que la URSS se implique explícitamente en el conflicto. Y es que el propio Stalin no quiere que se involucre directamente al Gobierno soviético con el envío de armamento y voluntarios a España, ya que las potencias democráticas han decidido no intervenir en la contienda, y la propia URSS ha suscrito el Acuerdo de No Intervención.

Münzenberg comprende que la mejor forma de conseguir este flujo de armamento y hombres es la red que él mismo ha creado en Europa occidental, por lo que deben contar con él para conseguirlo. Con esa base, parece sencillo conseguir un buen número de voluntarios entre los activistas que tienen relación directa con la Komintern, además de los simpatizantes que creen en la versión presentada por la propaganda, dirigida con astucia por el servicio secreto soviético. Estos últimos son la gran mayoría, que no están al mando pero que son los que más juego ponen en la contienda.

Hasta ese momento, mayo de 1937, todo ha estado en su sitio, de hecho tiene como colaborador de Largo Caballero en el Gobierno de la República a un cercano agente de la Komintern, Julio Álvarez del Vayo, contacto y guía en la única visita de Münzenberg a España en 1933.

En cambio, desde el momento en que las Brigadas Internacionales ya son un hecho (octubre de 1936), y ya no necesitan de los servicios de Münzenberg para que siga el envío de voluntarios a España, la situación cambia radicalmente. Mientras en la zona republicana la influencia comunista amplía sus cotas de poder, en Europa, Stalin trata más de acercarse a Alemania e Italia que de extender su sistema político. En España, mientras, miles de personas están perdiendo la vida para detener la ola fascista. Es en ese instante, cuando Münzenberg ya no controla nada. Es el momento de huir.

La Komintern se encuentra debilitada, ya no le es útil a Stalin, y todos sus principales integrantes están siendo eliminados por la NKVD, precursora de lo que años más tarde será la KGB. Münzenberg sabe que él puede ser el siguiente. Se encuentra en París; había sido expulsado del Partido Comunista alemán en mayo de 1937, y la toma de Francia por los nazis -junio de 1940- es inminente. Perseguido por éstos por ser comunista, y por Stalin, Münzenberg es capturado y recluido en un campo de internamiento. Días después, la capitulación de Francia es un hecho y se abren las puertas del campamento, quedando los prisioneros en libertad.

Según testigos, Münzenberg se alejó junto con dos hombres con los que había hecho amistad en el campo. Ya no se supo más de él, hasta que su cuerpo fue encontrado meses después sin vida. Se especula con que fue un suicidio. Es posible, pero también pudo ser asesinado por cualquiera de los servicios secretos que le perseguían.