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jueves, 13 de diciembre de 2012

F. Vidal i Barraquer (1868-1943)


Cardenal arzobispo de Tarragona, es uno de los dos prelados que se oponen a firmar la Carta Colectiva de la Iglesia española en favor de los sublevados, una decisión que pagará con el destierro hasta su muerte en Alemania

La postura de la Iglesia en la Guerra Civil española viene definida desde julio de 1937 en la Carta Colectiva del Episcopado español dirigida a los católicos de todo el mundo. Dos prelados rechazan su adhesión al documento que hace de la Guerra "un remedio heroico": el obispo de Vitoria y el cardenal arzobispo de Tarragona, Francisco Vidal i Barraquer. El cardenal de la paz, como le define Ramón Muntanyola en su biografía, encuentra inoportuna e incluso contraproducente la misiva. Cercano al catalanismo desde su juventud, Vidal i Barraquer se ve obligado al exilio a raíz del alzamiento. Amante de su patria a la que nunca regresará, su vida es una lucha continua contra la politización del clero.

Vidal i Barraquer nace en Cambrils, Tarragona, el 3 de octubre de 1868 en el seno de una familia acomodada. Como apunta Muntanyola, crece entre dos formas de entender la vida: el carácter tradicional, devoto y de cánones establecidos de su familia materna, y el criterio cristiano de libertad y de apertura de la familia Vidal. Demuestra ser un brillante estudiante durante sus años de colegio y más tarde cuando estudia Derecho en la Universidad de Barcelona. Como uno más de los universitarios, participa en las luchas estudiantiles y manifestaciones de su época, aunque nunca será el cabecilla de las movilizaciones.

Ejerce la abogacía e ingresa en el seminario hasta ordenarse sacerdote en 1899. Javier Tusell relata su rápida carrera como canónigo -toma posesión en 1907, vicario capitular de Tarragona cuatro años después y obispo titular de Pentacomia en 1914- hasta que es nombrado arzobispo de Tarragona en 1919. Dos años más tarde, el 23 de febrero de 1921 Vidal i Barraquer es nombrado cardenal por el papa Benedicto XV.

La dictadura de Miguel Primo de Rivera lleva a cabo algunas acciones en contra de los intereses nacionalistas catalanes que afectan también a la Iglesia. Por esta época el arzobispo de Tarragona ha de soportar denuncias, calumnias y presiones; la Dictadura acusa al cardenal "de atentar contra la unidad de España por su catalanismo e idea funesta partidista que nutre y estimula entre el clero catalán". Sin embargo, su biógrafo destaca que Vidal no era propiamente un catalanista, sino "un obispo catalán que amaba a su pueblo, su lengua, su historia, su cultura y sus derechos».

Cuando el 14 de abril de 1931 se proclama la Segunda República, Vidal empieza a trabajar en favor de la convivencía y la normalización de las relaciones entre la Iglesia y el nuevo régimen. La noche de la quema de conventos del 11 de mayo de 1931, Vidal i Earraquer hace cuanto está en su mano para evitar las réplicas en su región y lograr que Barcelona, y Cataluña, se conviertan en ejemplo a seguir.

Nada ambicioso, Vidal i Earraquer se impone como norma no aceptar cargos y recompensas de manos de los políticos. Según relata Muntanyola, en 1924 el régimen de Primo de Rivera le ofrece el traslado a Zaragoza -en realizad para apartarle de Cataluña-. La respuesta del obispo es firme: "Se equivocan completamente: no me tientan los ascensos ni honores y es cuestión de honor y prestigio no dejar Tarragona". En 1935 el presidente de la República, Alcalá Zamora, quiso otorgarle la Gran Cruz de Isabel la Católica como reconocimiento a la actuación conciliadora del cardenal. "La mejor condecoración para adornar el pecho de un prelado es la cruz pectoral", es su respuesta, si bien comenta de manera confidencial a uno de sus colaboradores: "¿Hubiera sido correcto que el cardenal de Tarragona hubiera aceptado la condecoración de un Gobierno que persigue a la iglesia?". Poco después, el cardenal Tedeschini y el todavía arzobispo Gomá aceptarán dicha condecoración.

El 18 de julio de 1936, el alzamiento le sorprende en Barcelona y se ve obligado a regresar a su residencia arzobispal. El día 21 vuelve a producirse una quema de conventos. Vidal ordena a párrocos y superiores no ofrecer resistencia ni defender las iglesias y conventos con las armas. El cardenal se niega inicialmente a abandonar el palacio pero ese mismo día es evacuado al monasterio de Poblet, en el que unos patrulleros armados acuden para detenerle y conducirle a Hospitalet, donde será juzgado por el comité revolucionario de la FAI. Tal vez ese viaje es uno de los episodios más curiosos de su vida. Amante del diálogo, llega a establecer conversación con aquellos que le iban a fusilar y logra evitar su muerte.

Una serie de incidentes permite a Vidal acabar en la cárcel de Montblanc, de donde será liberado gracias a gestiones realizadas por el mismo presidente del Gobierno catalán, Lluís Companys. La mejor solución para el cardenal es el exilio y así se lo hace saber la Generalítat. La tarde del día 1 de agosto de 1936 pisa suelo italiano y es conducido a la cartuja de Lucca.

Escribe el historiador Hílari Raguer que en la Guerra parecía que los que atacaban a Cataluña defendían a Jesucristo y viceversa. Ése era el drama de conciencia de los catalanes, católicos y nacionalistas al mismo tiempo. Tal vez es esta dualidad lo que lleva a Francisco Vidal i Barraquer a no sumarse a la Carta Colectiva del Episcopado a la que 48 prelados sí dan su conformidad. El cardenal, de manifiestas opiniones de carácter pacifista y conciliadoras, la tilda, como ya se ha explicado, de inoportuna e incluso contraproducente. El arzobispo de Tarragona una vez más da muestra de su independencia e insobornabilidad ante lo que considera una intrusión de la política en cuestiones religiosas. El cardenal teme que, a raíz de su publicación, algunos religiosos puedan sufrir represalias en las zonas republicanas. Por ello insistirá en la utilización de otras vías como cartas particulares a cardenales y obispos extranjeros para expresar esta postura eclesiástica.

El ex cardenal de Tarragona mantiene desde su exilio una neutralidad activa, haciendo constantes esfuerzos inútiles para la paz, pero, como razona Raguer, en el fondo reza por el triunfo de Franco y una paz negociada o una rendición republicana bajo ciertas condiciones que acorten la Guerra e impidan un mayor derramamiento de sangre.

Una vez finalizada la contienda civil, el régimen de Francisco Franco no permite la entrada de Vidal i Barraquer en España. Su actuación es considerada "contraria a la unidad nacional y a los propósitos que animaban al Gobierno nacional". Muere en Friburgo (Suiza) en 1943 antes de ver cumplido el que fue sin duda el mayor de sus deseos: volver a la tierra en la que nació, Tarragona. 

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