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martes, 1 de enero de 2013

Viktor Lavski (1914-2012)

Entre abril de 1937 y febrero de 1938 fue uno de los pilotos soviéticos que surcaron los cielos de España. Hoy, con 92 años, es el único de los cuatro veteranos del Aire que viven en Moscú capaz de contar aquella experiencia

Bombardeó con tino decenas de aeródromos franquistas y burló escuadrillas de cazas italianos Fiat con acrobacias extremas. Sin embargo, Viktor Lavski fue largamente recordado entre sus camaradas españoles por su ingenioso sistema para enfriar cajas de cerveza enganchándolas en la escotilla de las bombas mientras sobrevolaba Alcalá de Henares. Su clavileño era uno de los cien bombarderos bimotor Tupolev SB-2, apodados Katiuska, que Stalin envió en auxilio de la República.

Desde la cima de sus 1,81 metros de altura, su mirada se descuelga tierna e irónica mientras sus manos planean sobre la mesa emulando los zigzags aéreos que le valieron el aplauso de Moscú. Sincronizado con su piloto por un auricular, Lavski fijaba la cruz de mira en el visor y accionaba el botón que abría las escotillas. "Al cabo de 50 segundos se veían las explosiones, sobre todo si el blanco eran estaciones de ferrocarril", asegura. La perspectiva aérea le impidió poner rostro a sus víctimas. "No veíamos a los heridos ni a los muertos... No oíamos sus gemidos ni sus gritos", reflexiona.

Aquel veinteañero desgarbado y de pelo ensortijado a lo Groucho Marx que en 1937 sale por primera vez de la URSS estalinista no había visto jamás una montaña cuando se encontró de súbito surcando los Pirineos y el Sistema Central en arriesgadas misiones aéreas.

"Recuerdo los ríos secos y el agua verde del Ebro", evoca el teniente general. Sentado en el centro municipal de los veteranos de guerra en Moscú, su memoria de piloto echa a volar sobre aquella España rota punteada de olivos. "A diferencia de Rusia, donde la tierra es negra, el paisaje que veía desde lo alto era rojizo y amarillento", evoca.

De los cerca de tres mil pilotos rusos que participaron en la Guerra Civil, muy pocos quedan hoy con vida. En Moscú sólo restan cuatro. Integrante del grupo XXIV bajo la batuta de Alexander Senatorov, Lavski realiza entre abril de 1937 y febrero de 1938 alrededor de 60 misiones de espionaje y de bombardeo por toda la Península. Su grupo estuvo en España el doble de tiempo que los demás porque el seleccionador de pilotos fue declarado en Moscú enemigo del pueblo.

Su modo de agujerear los cielos ibéricos le valió un chaparrón de Estrellas Rojas que aún lleva clavadas en el pecho. Tras su exitosa participación como piloto en el frente ucraniano durante la Segunda Guerra Mundial, Lavski recibió 17 órdenes (entre ellas seis de la Bandera Roja y cuatro Estrellas Rojas) y más de 50 medallas. Sin embargo, el broche de oro se lo puso  el patriarca ortodoxo Alexis II, que le otorgó la orden de San Danila por su labor al frente del Comité de veteranos inválidos. Para la Iglesia ortodoxa rusa, el ex piloto se ha ganado el cielo. "Yo no diría que soy ateo... A Alexis le dije que fui bautizado de pequeño", confiesa Lavski, que recuerda cómo sus abuelos combatieron el ateísmo oficial rezando bajo una cruz pintada en el techo de su humilde casa rural. "Me levantaban en brazos, y con el humo de vela yo marcaba la cruz en el techo", recuerda.

Como jefe del Comité de veteranos inválidos de guerra, Lavski ha protestado por carta al presidente ruso, Vladimir Putin, por la reciente sustitución de los privilegios gratuitos de los que gozaban los pensionistas durante la época comunista (en transporte y sanidad) por ayudas monetarias que los ancianos consideran insuficientes.

"Me dijeron que examinarían mi queja, pero nada más", se resigna. Los veteranos inválidos que doblegaron al nazismo  son la categoría peor parada por la inoportuna reforma, afirma Lavski, cuya pensión militar de 260 euros cuatriplica la jubilación media que reciben sus contemporáneos. "A mí me basta porque yo no necesito comprar ropa, zapatos o coche. Eso ya lo tengo", se justifica.

Tras cruzar Europa en tren con apellido falso y haciéndose pasar por meteorólogo, Lavski es conducido en 1937 a París. Allí permanece 10 días que conmoverán su mundo mental: los trajes a medida, la presteza de los taxis y la buena comida en los restaurantes no encajan con la propaganda anticapitalista de Moscú.

Tras alcanzar Barcelona en avioneta desde Toulouse, Lavski llega por carretera al aeródromo de Los Llanos, en Albacete, punto de formación de las Brigadas Internacionales.

Su participación durante la destrucción por sorpresa de medio centenar de aviones en el aeródromo de Garrapinillos fue decisiva, pero sus incursiones sobre Madrid y Pamplona a punto están de costarle la vida. "Nuestro avión estaba agujereado por las balas. Habían destruido los dos motores, y herido al ametrallador", explica Lavski, que no olvida cómo aquel día una escuadrilla de aviones italianos sorprende por alto a su Katiuska cuando intentaba bombardear formaciones marroquíes durante la defensa de Madrid. "Planeamos sin motor y aterrizamos sin ruedas", explica Lavski, que acribilla su discurso con palabras españolas -"bonito", "caza", "piloto"...-. En otra ocasión, tras un ataque sorpresa sobre Pamplona que le cuesta un motor, Lavski llega a Francia sorteando a baja altura los Pirineos en una maniobra desesperada que todavía le quita el sueño.

Para Lavski existe una razón geográfica que explica la derrota del bando republicano. "Si la URSS hubiera estado más cerca de España, Stalin habría podido enviar una o dos divisiones, y Franco habría perdido la Guerra", afirma. Y reconoce que la Guerra Civil fue un ensayo de la Segunda Guerra Mundial para rusos y alemanes. "Fuimos los primeros que combatimos por aire al fascismo", declara.

Desde que se jubiló en los años 70, Lavski ha regresado varias veces a España con grupos de brigadistas. Aquí son recibidos con el mismo entusiasmo que en 1937 les dispensaron los combatientes republicanos y los civiles que habitaban en las cercanías de los aeródromos. "¡Salud, piloto ruso!", recuerda Lavski que le decían en las ciudades españolas donde se alojaba. "Lo único que sabíamos de España era por El Quijote, y cuando vimos que las casas rurales eran de piedra y no de madera -como son en el campo ruso- nos dimos cuenta que teníamos ante nosotros el paisaje descrito por Cervantes", recuerda el veterano. Lavski tampoco olvida el sabor de los caracoles, el día que enseñó a los soldados republicanos a hacer borsch (sopa ucraniana de remolacha) ni la afición del pueblo español al vino. "Me sorprendió ver cómo daban de beber tinto a los niños, pero enseguida comprendí que aquel vino no era tan fuerte como nuestro vodka", afirma risueño.

El 19 de junio de 2012 murió a los 98 años.

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